miércoles, 16 de julio de 2014

Asturias: Balbina Gayo Gutiérrez y Ceferino Farfante Rodríguez

Balbina Gayo Gutiérrez y Ceferino Farfante Rodríguez

Casados y padres de 3 hijas (Hilda, Noemí y Berta), se conocían desde la infancia y siempre iban juntos. Eran maestros en Cangas del Narcea. Balbina era directora de las Escuelas Graduadas de esta localidad. Delito: funcionarios de la República y miembros del partido socialista. Balbina es detenida el 9 de septiembre de 1936 cuando acude a abrir la escuela. Recibirá un disparo en la nuca el día después. Tiene 34 años. Cuando Ceferino va en su búsqueda, un vecino le informa de que su mujer ya ha sido fusilada en el parque de Muniellos, junto a otra maestra (Maximina Sánchez Seoane, destinada en Cibuyo) y a una madre soltera, y sus restos abandonados en una cuneta. Él se entrega a las nuevas autoridades y permanece preso apenas unas horas, siendo ejecutado en Bilmeda al día siguiente (11 de septiembre) y su cuerpo arrojado a un barranco. Tenía 33 años y era primo del escrito Alejandro Casona. Sus hijas son separadas y criadas por distintos familiares; nunca más vivirán juntas. Hilda, huérfana desde los 5 años, y maestra como sus padres, presentará al juez Garzón el expediente de desaparición sus padres 70 años después.

Sus hijas Noemí, Hilda y Berta

En la página http://imagina65.blogspot.com/2011/11/la-zona-historica-hilda-farfante.html encontramos la siguiente información: 

Hilda Farfante Gayo, de 79 años, confesó entre lágrimas, que había sido el sentimiento de culpa el que la había llevado hasta allí, a participar en el encierro simbólico de apoyo al juez Baltasar Garzón.

 "Me siento culpable de lo que le pasa. Porque yo le veía que iba a por Pinochet y luego a por los argentinos y siempre decía: ¿Y lo de mis padres? ¿Y la represión franquista?

Cuando dijo que se iba a ocupar de esto, me llevé la alegría de mi vida. Ahora, con todo lo que le está pasando, tengo ganas de pedirle perdón. Mi abuela siempre decía: 'a los falangistas decidles siempre a todo que sí. No les llevéis nunca la contraria'. Y a lo mejor tenía razón".

Hilda tenía cinco años cuando perdió a sus padres, ambos maestros, como ella. "Se conocían desde pequeños, iban siempre juntos. Nunca se había separado. A mi madre fueron a buscarla cuando iba a abrir el colegio. Ocho años después, en su acta de defunción, escribieron como causa de la muerte: 'Hecho de guerra'. Abrir el colegio de un pueblo era un hecho de guerra. Mi padre fue a buscarla al día siguiente y lo mataron también. Ella está enterrada en una cuneta. A él lo tiraron por un barranco. Son desaparecidos. A las tres hermanas nos separaron, cada una con un familiar. Ya nunca volvimos a estar juntos", cuenta, emocionada.

"Yo siempre pensé que si esto lo cogía Garzón, se solucionaría todo, pero se ha metido en una trampa. El franquismo sigue gobernándolo todo", concluye.

Ceferino y Balbina fueron maestros en Cangas del Narcea (Asturias). Su historia quedará señalada en la Historia por Hilda, que quedó huérfana a los 5 años. Sus padres eran Maestros de la República, enseñaban a sus alumnos los valores de la República, la Igualdad, el Laicismo y la Libertad, creaban en ellos un espíritu crítico que les permitiera progresar en su vida.

Balbina fue a abrir la Escuela sabiendo que quizá no volvería a a casa, ¿Por qué lo hizo? ¿Quizá por morir matando? ¿Por sentido de la responsabilidad? Da igual. Ella retiró de su Escuela la cruz, y fue al cercano colegio de monjas a decirles que debían quitarlo, órdenes de la República. Pero no fueron las monjas quienes dieron el chivatazo. Fue un primo carnal de su marido, el cual era de Falange, y que vio que así podría hacer méritos dentro del partido. Los denunció por ser rojos, muy de izquierdas, quizá incluso miembros del Partido Socialista, nadie lo recuerda.

Fue llevada a prisión. Su marido, Ceferino, un alegre y simpático maestro, al enterarse, consiguió ciertos papeles que quizá ayudaran a que liberaran a su mujer. Le recomendaron que no fuera, que le iban a matar, pero él sabía que si era su mujer la que moría, lo suyo ya no podría llamarse vida. Cuando estaba llegando, un vecino le dijo que su mujer ya había sido fusilada, junto a otra Maestra y a una madre soltera. Él duró pocas horas en la cárcel, fue también ejecutado.

Sus 3 hijas, Noemí, Hilda y Berta, quedaron así huérfanas sin quererlo. Los vecinos recomendaron a su tío que se las llevara lejos, que posiblemente también las mataran a ellas. Fueron separadas y llevadas con distintos familiares. Hilda fue a vivir con su adorada tía Guillermina, Maestra también, y roja como su hermana y su cuñado.

Hilda vivió en Boal, con su tía, donde todo el mundo sabía quienes eran ambas. Hilda sufrió insultos y vejaciones durante toda su infancia y también esquivas miradas de complicidad y compasión. Tan férrea fue la educación franquista que ella se pasó la vida purgando los supuestos pecados abominables de sus padres, que eran unos rojos, asesinos, destrozapatrias, y su madre además, como no, era una puta.

[...] Ese día celebraban la conquista de Bilbao o algo así en el pueblo. Y como en el pueblo ya mandaban los golpistas , los de Franco, los nacionales hacían un desfile en el pueblo y pasaban el cura, todos los militares y detrás los falangistas desfilando…Yo, que estaba jugando a la rayuela, agachada, con unas niñas, miré hacía la casa y vi a mi tía Guillermina de perfil, asomada en el balcón, porque el desfile le pillo y, claro, mi tía tenía miedo porque ella era igual que mis padres, tenía las mismas ideas [...]

Sabía que estaba señalada y no se atrevió a meterse para adentro cuando estaba en el balcón [...] Salí corriendo y [...] empecé a gritar <>. [...] Entonces, mi tía Guillermina me hizo callar, me cogió, se volvió para atrás, me apretó la boca y me empujo contra la contraventana; los falangistas llegaban justo en aquel momento. Y mientras me apretaba, levantó la mano y hacía como todos: << ¡Arriba España! ¡Viva Franco!…>> [...]

Hilda se hizo Maestra, acabó viviendo en Madrid, siendo directora de las Escuelas Aguirre, en 1981, aún se cantaba el Cara al sol y ella dio orden de que jamás volviera a cantarse.

 Hilda Farfante Gayo

En http://www.redalyc.org/pdf/869/86930503004.pdf encontramos más referencias:

Hilda Farfante, hija de los directores de las escuelas primarias de Cangas de Narcea, hija de Balbina y Ceferino, asesinados en septiembre de 1936, ambos fusilados, relató la historia de su represión:

"Yo iba a la iglesia y lloraba y todo el mundo creía que lloraba por mis pecados [...]. Pero yo aquello lo asumía de otra manera porque era una niña, lo asumía como que mis padres eran culpables [...]. Yo me acuerdo de levantarme a las siete de la mañana antes de ir a la escuela, para ir a misa a comulgar y a confesar, todos los días [...]. Recuerdo una costumbre que decía que si el Día de los Difuntos entrabas a la iglesia y rezabas siete padrenuestros y salías a la calle, y volvías a entrar y a rezar, cada vez sacabas un alma del purgatorio... Yo entraba y salía setenta veces, era la que más entraba y salía".


A su muerte, el hijo de un compañero de Hilda, relató lo que ella le había contado del asesinato de sus padres:

“Hilda, con 5 años, veraneaba con sus padres en Besullo; era la mediana de tres hermanas y sus padres ejercían siempre juntos. Era un 8 de septiembre y la madre tenía la responsabilidad de dejar Besullo y
desplazarse a Cangas. Había que abrir la escuela. La guerra llevaba ya unas semanas de su propio curso, pero ella era la directora y como funcionaria de la República tenía la obligación de personarse y reanudar
las clases; en principio, todo maestro lo piensa, la guerra no la hacen los niños. La mataron de un tiro en la nuca junto a los árboles en lo alto de Moal, a unos kilómetros de la escuela, junto a otras tres maestras como ella. Se llamaba Balbina Gayo Gutiérrez y tenía 34 años. Su marido no supo nada y pasó dos días pensando qué debía hacer. Cuenta Hilda que Alejandro Casona –otro maestro de escuela, hoy olvidado pero famoso entonces como autor de una obra teatral que sacaba a la derecha de sus casillas, Nuestra Natacha, que hoy nos haría sonreír por su candor–inició desde Besullo, que también era su pueblo, el peregrinaje hacia el exilio, y recomendó a su padre que marchara con él. Tenía, pues, tres opciones. Quedarse con sus hijas y esperar, marchar con Alejandro Casona o ir a la búsqueda de su mujer. Si nunca se había separado de ella, no iba a hacerlo ahora. Escogió lo último. Le detuvieron, le ataron las manos atrás y le aplicaron la ley de fugas; lo mataron por la espalda en Bimeda, al otro lado de la Sierra de Pando, donde habían dado muerte a su mujer dos días antes. Se llamaba Ceferino Farfante Rodríguez y
tenía 33 años”.


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